Me llaman capuchino, de Daniil Jarms

img_20161204_142328Alguien llamado Daniil Ivánovich Yuvachov moría de hambre en 1942 con 37 años. Morir de hambre a los treinta y siete…, imagínate. Yo lo hice, y reventé mi imaginación. Esta «anécdota» se cuenta al comienzo de Me llaman capuchino, en una «Nota de los editores». Estas notas las agradezco porque suelen ser la punta del iceberg del porqué un editor decide publicar un texto singular. Al morir, Daniil había escrito toda su obra en cuadernos; gracias a Dios los cuadernos que dejó al morir de inanición no desaparecieron con él. Pero pudo suceder. Así como Kafka tuvo «un amigo», Daniil Ivanovich Yuvachov, desde ahora Daniil Jarms, también tuvo otro. Max Brod fue a Kafka lo que Yákov Druskin a Daniil Jarms y es que, en el momento de ser detenido por el Naródny Komissariat Vnútrennij Del (NKVD), órgano de depuración de la URSS, Yákov y la mujer de Daniil, Marina Málich, consiguieron rescatar los cuadernos del autor en una maleta. Y ahora, en el siglo XXI aparecen los tipos de Automática Editorial y  la Fundación Mikhail Prokhorov y su Programa para la Ayuda a la Traducción de Literatura Rusa, TRANSCRIPT para editarlo y publicarlo y para que yo, otra vez, me tenga que preguntar por qué las editoriales no publican más libros como este. Las lentejas, me contesto…
Ya comenté cómo descubrí este librito. En este post de las adquisiciones de setiembre de 2016 lo cuento. No voy a repetir la historia.
Comenzada su lectura… lo primero que hago es escribir tres veces su nombre con lápiz, en la portadilla. Es una manía. No puedo comenzar la lectura de un libro si no puedo escribir, sin copiar, el apellido de su autor. Ya me ocurrió con Gombrowicz, y con Bernhard, incluyendo esa importante «h». Aquí el truco era la doble «i» de Daniil. «Jarms» era fácil. Su nombre real no: Daniil Ivanovich Yuvachov. Traduce del ruso Fernando Otero Macías.
El primer relato, de apenas doce líneas presentaba la diversión esperada:
En cierta ocasión, Orlov se dio un atracón de garbanzos molidos y se murió. Y Krylov, nada más enterarse, también se murió. Y Spiridónov se murió por su cuenta. Y la mujer de Spiridónov se cayó de un aparador y también se murió. Y los hijos de Spiridónov se ahogaron en un estanque. Y la abuela de Spiridónov se dio a la bebida y se largó por ahí. Y Mijáilov dejó de peinarse y pilló la sarna. Y Kruglov dibujó a una señora sosteniendo un látigo y se volvió loco. Y a Perejrióstov le llegó un giro postal de cuatrocientos rublos y se dio tantos humos que lo echaron del trabajo.
Si es que las buenas personas no saben ni por dónde se andan.
Subrayo la última oración. Es el primer subrayado del libro. Es una gran figura literaria: «Si es que las buenas personas no saben ni por dónde se andan».
¿Para quién escribe todos estos relatos Daniil Jarms? Porque, sin tener en la cabeza la idea de publicarlos, ¿para qué el esfuerzo? ¿Qué pulsión lleva a un hombre a escribir treinta y tantos magníficos y excéntricos relatos? La repuesta se da al final del post.
Haber leído Me llaman capuchino ha sido una «catarsis», ha sido como presionarse uno de los orificios nasales y sonarse encima de toda la mierda de bestsellers que nos ofrecen, por enésima desgracia, las mefíticas ansias de las grandes editoriales. Daniil Jarms tiene toda la surrealidad que desees, graduada desde un «Una vieja, excesivamente curiosa, se cayó por la ventana, se estampó contra el suelo y se hizo puré» hasta un ingenuo «Me ha pasado una cosa increíble; de repente me olvidé de qué número iba primero: si el siete o el ocho».
Prosa sin sentido, dirán los que solo leen historias compuestas, con novio y una fértil hembra que espera —dejad que utilice la palabra «hembra», cipotudo de mí—. Pero Daniil Jarms ha escrito relatos que tardaré en olvidar: «Anécdotas de la vida de Pushkin», «El comienzo de un precioso día de verano» y aquel donde una anciana, que porta un reloj sin manecillas, da la hora: —Las tres menos cuarto.
Divertidísimo relato, el de «La vieja», donde quizás Bartleby pudo forjar su carácter. Un relato que además comienza con una cita de Hamsun: «Y tiene lugar entre ellos la siguiente conversación». Y es una conversación donde Jarms te ayuda a que te montes en tu cerebro otra realidad mientras lees las cosas que escribe, que no son posibles que sucedan en la realidad pero que, engañado el cerebro, ¡suceden! en la realidad. Desentraña. Muertos que están vivos y que caen mal. Es, quizás, uno de los mejores relatos que he leído en mi vida y que recuerde. Y el final, ¡muérete de inanición! Has cumplido en la vida. Tiene tal magia y tal fuerza —lugares comunes donde los haya— de ficción, es tal el momento de ficción, que aturde. Regresas al principio para releerlo y saber cómo lo ha hecho. E insistes. ¡Viva la literatura!
—Verá —le digo—, desde mi punto de vista, no hay creyentes y no creyentes, sino gente que desea creer y gente que desea no creer.
Daniil se burla de lo que quiere, y utiliza su herramienta, la Literatura:
No obstante, he empezado a poner orden en el mundo. Y así ha surgido el Arte. Solo en ese instante he comprendido la verdadera diferencia entre el sol y el peine, y al mismo tiempo me he dado cuenta de que ambos son la misma cosa.
O más, y aquí su reverencia al arte que profesa:
Cuando escribo unos versos, lo más importante para mí no es la idea, no es el contenido ni la forma, ni ese nebuloso concepto de la “calidad”, sino algo aún más nebuloso e incomprensible para una mente racionalista, pero comprensible para mí y, así lo espero, también para usted, mi querida Klavdia Vasílievna: la pureza del orden. […] se trata de una cosa tan real como el tintero de cristal que veo en la mesa, delante de mí.
Resumiendo:
Pero por otra parte, ¡qué indefensas, qué lamentables pueden ser esas mismas palabras! Yo nunca leo los periódicos. Constituyen un mundo ficticio, no un mundo creado. No encontramos en ellos más que unos tristes y gastados caracteres tipográficos sobre un papel basto y áspero.
¿Necesitan algo las personas aparte de la vida y el arte? Yo creo que no: no hace falta nada más, ahí se encierra todo lo auténtico.
Son relatos fraguados en la experiencia y en lo ridículo, en ocasiones, de la existencia humana. Si tuviese que elegir un relato, solo uno de entre los treinta y uno, sería «El destino de la mujer de un profesor». De hecho he solicitado el permiso a la editorial para reproducirlo aquí, en el blog, e inaugurar una sección de relatos que trascienden, para que así os pueda convencer de que este libro merece la pena tenerlo en casa, y releer algún relato de vez en cuando, sin prisa, con regusto y arte. No sabría decir, he de ser sincero, por qué me ha gustado tanto ese particular relato. Me recreo quizás, en mis actuales circunstancias y pienso, debido a las circunstancias de cómo dejó Jarms sus escritos, que pudiera ser un borrador de una historia mucho más larga que las cuatro páginas en que ahora está contenido. Es el relato en la que la protagonista sueña que se le acerca Lev Tolstoi con un orinal en la mano. Y ella le pregunta: “¿Eso qué es?”. Y él le señala el orinal con el dedo índice y dice: —Bueno, yo he hecho aquí dentro una cosa y ahora se la estoy enseñando al mundo entero. Que nadie se quede sin verla. También la mujer del profesor le echa un vistazo y se da cuenta de que eso ya no es Tolstói, sino un cobertizo, con una gallina dentro.
Para acabar, porque ese relato acaba de esta singularisima manera:
Y ahí está la mujer del profesor, una mujer de lo más normal, sentada en su cama en el manicomio, sosteniendo una caña y pescando en el suelo unos pececillos invisibles.
Esta mujer no es sino un triste ejemplo de toda esa gente desdichada que no ocupa en la vida el puesto que merecería ocupar.
No me voy sin subrayar que el libro termina con un atinado y enristrado epílogo de Jesús García Gabaldón en el que descubres que Daniil Jarms es uno de los más de treinta seudónimos usados por el autor y que además es un «incansable ventrílocuo, un excepcional imitador, en el que siempre es posible distinguir su propia voz asombrada, de niño grande que no comprende el mundo, la inexplicable vida de los adultos, o de un adulto pequeño incapaz de adaptarse a las convenciones, las costumbres y la moral de la sociedad y de la época en las que sobrevive a duras penas; una persona extraña, excéntrica, que escribe libremente para aliviar la gravedad de la existencia, para comprender el verdadero sentido de la vida. Para Jarms, el escritor debe ser un explorador de lo real, un creador de mundos poéticos, un descubridor de palabras. Las palabras risueñas y esenciales, casi pueriles, de Jarms tienen la poderosa virtud de poetizar lo real, desvelando los límites de toda lógica, revelando los sueños y pesadillas de la razón. Jarras explora metódicamente las zonas fronterizas de la conciencia, el vasto espacio de lo ilógico, lo irracional, lo absurdo; de todo aquello que carece de sentido.
Lean a Jarms porque escribe con interés y considera la escritura una fiesta. ¿Qué más te puedo pedir, querido lector? Bueno sí, una cosa más: conserva Me llaman capuchino como un rubí de tu biblioteca.
[Gracias, Marta, por descubrirme a este autor. Un beso.]