Bibliomanía, de Gustave Flaubert

Esta tarde he leído un libro de Flaubert que no era tal sino un relato que escribió con quince años. Tomó como referencia para su creación una noticia aparecida en un periódico sobre un juicio o algo parecido a un librero de Barcelona. Flaubert demuestra en diecisiete minutos que ha durado el relato su pasión por los libros. No solo por los mundos que contienen sino por cómo están construidos esos edificios que hacen rebosar las baldas de las librerías, bibliotecas y casas de la «genteinteli».

Me he imaginado a Flaubert escribiéndolo. Con quince años, con el móvil junto a él, notificándole, mientras terminaba de poner una coma, la entrada de un wásap. Con quince años. Parando la escritura del relato para tomar una fotografía de su caligrafía y subirla a Instagram. Flaubert con quince años, imagínate a Flaubert con quince años y con Whatsapp. 

La historia es dulce. Tan dulce como la adolescencia. La historia va del amor a los libros que son (presente real y en indicativo) como gemas; por este motivo tienen que ser rescatados de un incendio y si para ello tienes que exponer tu vida, la expones.

Con quince años Flaubert ya escribía bien. Imagínate escribiendo wásaps. O muy bien. A mí me lo ha demostrado en este relato. Existe algún que otro compartimento estanco pero está bien trabado, tramado y armado. Con quince años, mientras recibía un wásap con la foto del caballo que ha adquirido su amigo Bernard, Flaubert decidía cómo escribir el desenlace de la historia. Imaginad qué tuit no sería capaz de escribir Flaubert o qué foto no sería capaz de tuitear donde y sobre la grupa del caballo de su amigo Bernard hubiese puesto el original del relato finalizado. Imagina la foto. Y después una autofoto o «selfi», con una sonrisa y el original en la mano. Imagina la foto.

Bibliomanía es una historia singular. Muy historia, muy de cuento: un librero, un monje que lo deja todo por los libros y por el dinero, un incendio y un juicio. Diecisiete minutos -me ha dado por cuantificar el tiempo que echo leyendo libros- bien invertidos, con un café solo y a media tarde, casi para llover pero no. Después seguí con Vollmann.

Ahora, después de leerlo, solo espero que un zagal de ocho años que sacó ayer el libro de la «biblioteca del parque», se lo lea y le cause algún retintín creativo para que con la edad que le dé la gana sea capaz de escribir un relato como Bibliomanía en un mensaje wasap dirigido a su amigo Javier Anacoreto; por ejemplo.

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