Volví a cargar y volví a disparar

IMG_20151114_234314_editNo sé si han leído La familia de Pascual Duarte, de Cela. Yo sí. Esta semana, en esas decenas de periodos de veinte minutos que te ofrece el día la releí. Todo fue posible gracias a un autopacto —¡qué asco de palabra!—: «si sales de casa y compruebas que llevas tu teléfono móvil, comprueba también que portas un libro, de papel o electrónico; vaya a donde vaya, me dirija a donde me dirija». Ese era el autopacto. Así. Y se refuta: lees más, demasiado más. Teléfono y libro no son una pareja natural pero a mí me importa dos bledos eso.

Ayer por la tarde terminé de leerlo. Qué obrita de arte. Y ayer por la noche sucedió, por desgracia. Ayer, ayer, ayer. Y hoy, entre el acíbar y las noticias que volaban junto a Heráclito en Twitter (París, París y París, ese sitio donde bien valía una misa), me imaginé durante una milésima de segundo —solo una porque somos muy cobardes— en el cruce de la Rue de Alibert o sentado en el Café Bonne Biere de la Rue de la Fontaine con mis hijos o, por qué no, saliendo de los aseos de la sala Bataclan mientras me subía la bragueta del pantalón, como bien podía estar haciendo Juan Alberto González, el español asesinado de nuestra tragedia. Me imaginaba eso y solo durante una milésima de segundo y sin querer, prometo que fue sin querer, mi cerebro asoció y puso a trabajar la memoria para rescatar un fragmento del primer capítulo de La familia de Pascual Duarte, donde aparecías y parecías como la perra que cierra dicho capítulo, una puta perra delante de su… Ni estar delante del «hombre» la salvó:

«La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme; ahora me doy cuenta de que tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría, como dicen que es la de los linces… un temblor recorrió todo mi cuerpo; parecía como una corriente que forzaba por salirme por los brazos, el pitillo se me había apagado; la escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar como un clavo, del animal.

Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.»

Imagínate.

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