El percherón mortal, de John Franklin Bardin

Por recomendación y referencia de Hanna O. Semicz he leído El percherón mortal. Escrita por John Franklin Bardin y traducida por César T. Aira. Hanna O. Semicz escribe sobre los libros que casi nadie lee. O que leen los que solo leen que son los que leen todos los días por lo menos diez minutos seguidos. Once, incluso quince. Yo leo trece, casi catorce si Twitter está apagado.

El percherón mortal es una novela negra que estaba en el depósito de la biblioteca pública de Jaén. La rescaté. He sido su primer lector. No miento. Serás el segundo si vives aquí. No recuerdo el título de la última novela negra que leí aunque si mi memoria no me falla creo que fue de Chandler. Se la regalé a Eduardo Laporte. Tampoco lo recuerdo bien. Él puede decirme el título si finalmente la recibió. Novela, he dicho, y eso si no cuento los manuscritos. Sí, es verdad, también leo manuscritos negros. El último me gustó. De hecho, estoy buscándole editorial. Soy generoso, hasta podéis leer un fragmento gratis si pincháis aquí. Al final de esa página. Es de Sarmentero, de Rafael Sarmentero.

Estoy escribiendo esta entrada mientras veo el G. P. de Estados Unidos. En realidad, mientras los anuncios. Qué desastre de televisión. Se han vuelto tan aburridos los gepés que me permiten escribir, todo lo contrario a lo que le tuvo que sucederle a John Franklin Bardin mientras escribía El percherón. Qué divertido tuvo que ser escribir esta novela.

En el último post les recomendaba un libro a los traductores. Si traducías te sugería que leyeses el libro de Desarthe titulado Cómo aprendí a leer, en Periférica. Y hoy, si escribes novela negra o ves que tu futuro puede ir por ahí, si escribes durante seis horas diarias, si no, ni lo intentes, tienes que leer esta obra. ¿Por qué? Por sus personajes. Virguería.

Los personajes. Cómo bailan, cómo entran, cómo se van, qué pistas dejan, qué preposición usaron en su última aparición, qué preguntan: «—¿Qué hizo con el caballo?». Un psiquiatra, un enano, un rico heredero, tres mujeres inteligentes, un agente, ¡el agente Anderson! y uno, dos, ¿tres asesinatos? Lo más interesante ha sido el cambio de personalidad del personaje principal, el del doctor Matthews. A mí me ha estremecido. Qué bien llevado, Bardin, qué maestría. Me lo he creído. Que todos los personajes te proporcionen ese justo y adecuado grado de información para seguir hasta el final exhausto, con todas las grandísimas ganas de saber quién ha sido, si él o aquel, si ella o el percherón.

El resumen de la trama está en la entrada de Hanna O. Semicz. No desvela nada así que pueden leerla con tranquilidad. Vayan y lean.

Personajes decía. Creíbles todos ellos. En algún momento el lector puede dudar de si el doctor es o nunca llegó a ser él. Relean: «si el doctor es o nunca llego a ser él». Bravo por Bardin. Y todos los secundarios. En una novela negra o los distingues con rotulador indeleble o metes en un problema al lector y Bardin borda la tarea: con excelencia, opino; personaje principal, secundarios, percherones…

Solo dos erratas tipo «insertar un signo, una letra, una palabra o sustituirlos por otros» en las páginas 76 y 98. El errar es humano.

Juan Mal-herido también tiene un post sobre El percherón. Como siempre, merece la pena leerlo. No es de pago.

Y termino. Hay dos momentos en la novela que me han encantado. Dos momentos detalle que muestran mucha maestría del autor, aunque como dice mi amiga, Bardin haga trampillas. Uno, en la página 40 cuando después del primer asesinato —el de Frances Raye— y de las cuarenta primeras páginas, el doctor pregunta: «—¿Qué hizo con el caballo?». Qué sonora carcajada. El segundo, en la página 155 cuando después de otro asesinato se lee:

«—No digo que tengas nada que ver con esto. ¡Sólo querría saber de dónde salió el maldito caballo!

—¿Qué caballo? —le pregunté.

La cara de Anderson era una máscara de exagerada desaprobación.

—Un percherón, uno de esos enormes caballos de tiro; lo encontraron atado a la farola más cercana al edificio. Tenía una bolsa de avena y una cinta roja en la crin.»

A simple lectura no tienen nada de particular pero estos dos pasajes contienen la esencia o toda la esencia de la novela. Pero han de leerla. Hagan caso a Hanna.

(Durante la escritura de este post he estado continuamente tentado a tildar Bardin en la i; así: Bardín. Lo hago otra vez ahora y descanso: Bardín. Gracias. Alonso va noveno.)

 

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