En la cubierta negra del barco; o FvsE

Quizá lo único que hice fue confirmar un viejo estado de cosas. Pero no hice nada. Parece que hablo, y no soy yo, que hablo de mí, y no es de mí. Estas pocas generalizaciones para empezar”. (Samuel Beckett en El innombrable). 

Lo primero que quise saber cuando acabé de leer Fantasmas contra extraterrestres (Rango finito ediciones, 2013) era si Javier Avilés había trabajado como carpintero. Después de albergar la duda, arrojé el Kindle sobre el sillón y me fui a buscar un texto de Coetzee que había leído dos horas antes en Mecanismos internos. Analizaba el Libro de los Pasajes, de Walter Benjamin. Encontraba demasiadas analogías entre lo que Coetzee escribía sobre Benjamin a lo largo de toda la crítica a ese libro y el fondo oceánico y temático del relato de Javier. Y me ilusioné.

Los sueños de la era capitalista están encarnados en la mercancía. En su conjunto constituyen una fantasmagoría, que cambia de forma constantemente según las mareas de la moda, y que se les ofrece a las multitudes de fieles encantados como la encarnación de sus deseos más profundos. La fantasmagoría siempre oculta sus orígenes (que residen en el trabajo alienado). La fantasmagoría para Benjamin, pues, es un poco como la ideología para Marx, un tejido de mentiras públicas sostenidas por el poder del capital, pero se parece más a un producto onírico freudiano que opera en un nivel colectivo y social.


Aquí podría poner el punto y final al post y escribir, como lo hiciera Benjamin: «No necesito decir nada. Tan solo mostrar».

¿De qué va el relato de Javier Avilés?

El protagonista de FvsE (Fantasmas contra extraterrestres) es un carpintero bastardo y «sin estudios ni cualificación algunas» que se gana la vida con las manos pero que se entretiene (Ras. Ras.) detectando las mentiras que los escritores locos intentan enmascarar con sus cuentos. Es un obrero que trabaja con sus manos y que encuentra trabajo en un barco después de una riña en un bar, todavía no sé si ocupé el puesto del viejo borracho o del joven asesinado. 

FvsE me ha vuelto a demostrar que no sé nada de literatura. De literatura hoy solo sabe Google. Nadie puede negármelo. Hoy todo es susceptible de ser copiado, de ser plagiadola Red puede hacer que simples monos parezcan ilustres pensadores. Así, de este modo, el carpintero se ofrece como ejemplo cuando afirma: “La sombra de un sombra. Ese soy yo”.

FvsE es el juego dialógico que establece un barco y un carpintero en torno a la realidad humana y naval y la realidad digital y fantasmal, en torno a esa nube de polvo de ideas que va desde la explotación laboral del carpintero a las disquisiciones sobre el lenguaje y referencias a Stanislav Lem. En el relato se desencadenará una tormenta de la que desconozco si es la causa de que el barco zozobre, (¿qué barco, dónde está el barco si parece un artilugio con pensamiento propio?), o por el contrario la causa será esa otra Nube que traen los extraterrestres que darán sentido a lo trascendental.

Pero ¿y la cita del principio? ¿Para qué?

Todo trabajo es absurdo. En la mayoría de ellos generas unos bienes de los que nunca podrás disfrutar. Y debes soportar las órdenes de alguien en muchos casos, escasamente cualificado. 

El relato destila una crítica subliminal a las relaciones laborales que hay establecidas en esta “era capitalista” que a mí, particularmente, me ha enganchado como lector. De ahí la relación con la obra de Benjamin porque como Javier Avilés deja entrever en su relato, el capitalismo ha dormido a la gente, y las personas se despertarán de su sueño colectivo solo cuando se les haga entender lo que les ha ocurrido.

Pero el texto es más hondo, mucho más hondo. Mientras el protagonista nos hace revivir la tormenta que está sufriendo, que parece una verdadera bajada al infierno porque el carpintero está cerca de la muerte y la muerte es el escenario narrativo porque  toda narración es un descenso al infierno, mientras nos lo está contando así, reaparece en la narración otra realidad en forma de pesadilla y quedas aturdido, lo reconozco. Como lector te desintegras. Vuelves a ese estado de mono en el que ni quieres llegar a ser un ilustre pensador ni quieres verte como fantasma y qué menos como extraterrestre. Sobrevivir a un naugfagio y ser rescatado por una tripulación silenciosa y afónica  bien parece el final de un juego con un gran valor de rejugabilidad cuyo objetivo era completar todas las etapas  y todas las misiones reales o interestelares.

Me desperté sudoroso de una pesadilla. 

El relato acaba, –no voy a desvelar ni el quid ni el desenlace, quedaron avisados–, con una reflexión tipo espiral sin fin con quid. Una reflexión pergeñada en la cubierta negra del barco que, como la arena negra del El Gran Ohio Desértico de DFW, aboga por la necesidad de una tierra baldía para cada uno de nosotros.

Un relato original que demuestra que la edición independiente debe de –expreso obligación– triunfar porque es el único modo y la única vereda por la que transitar hasta esta literatura que no la vais a encontrar en el centro comercial, junto a los videojuegos.

Desde aquí solo le deseo a Javier Avilés más tiempo de encierro y más tinta, más páginas en blanco y ninguna distracción. Ojalá que, para el siguiente año impar, se acerque a Twitter para escribir: “Me editan FvsE –colección de relatos– en la editorial Tecnología Spengler, hacia septiembre de 2015”.

Ojalá, Javier.

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