Se daban puñetazos en la frente

Dos
Presenciar cómo la hoz siega el trigo sin poder hacer nada para impedirlo, ver barridas tanto las pequeñas congojas como las grandes mentiras sufridas a lo largo de los años, hacer frente con las manos desnudas a un futuro adverso, a una conclusión simplista y mezquina, a una fe definitiva, cruel y demoníaca. Eso es lo que sucede cuando gozas del más grande de los afectos y luego lo pierdes, cuando te encuentras frente a frente con la pérdida de la vida y con el atrevimiento de una realidad plagada de certezas desoladoras.

Así comienza el capítulo dos de El caníbal, de John Hawkes que está traducido por Jon Bilbao -Ingeniero de minas y autor de uno de los libros más entretenidos que leí el año pasado: Padres, hijos y primates– y editado en marzo de 2012 por Libros del Silencio.

Actualidad. El texto es actual a pesar de estar escrito en 1949, fecha en que fue publicada la novela. Tan actual como este otro texto de Gass, que subí recientemente: Los negocios van mal para casi todos.

A los dardos nadie me gana. Quería escribirlo. Con un mando de Scalextric tampoco. Y últimamente, eligiendo libros tampoco.

Solo quería agradecer a Chénetier la pista que me dio sobre este autor, con el que él se ensimismaba. Tomé buena nota y aquí lo tengo, encima de la mesa gracias a Amazon.

Hawkes publicó con veinticuatro años esta novela (se dice hijoeputa). Fue la primera. Había genialidad. Hay genialidad. El caníbal está construido con prosa atmosférica, dicen, y  deslumbra por su hiperlúcida visión de la realidad, escriben. De acuerdo por una vez.

Llevo leídas cuarenta y tres páginas de El caníbal. El fin de semana pasado acabé Pálido fuego y Dadá Demodé. Nunca imaginé cuarenta y tres páginas más viscerales. Houllebecq se mostraría ridículo comparado con Hawkes. Como muy ridículo. Con menos aspavientos y con cuánta más fuerza se muestra Hawkes. No he leído lo último del francés, que conste, pero algo leí en su día. No creo que lo lea ahora. No sé por qué lo comparo. Lo que hace Hawkes en cuarenta y tres páginas, lo que hace Hawkes en cuarenta y tres páginas no lo hace Houllebecq con un mapa y un territorio. Para él solo.

Un sanatorio, un maestro tuerto, un agente del censo, una madame y un Balamir. Jutta, que es hermana de Snow y ésta a su vez tía de Sevaggia; un editor llamado Zizendorf -que nos cuenta la historia- y un motorista americano “que aparecía ocasionalmente por Spitzen-on-the-Dein”. (Fuera de orden: el ambiente enrarecido de este comienzo de cuarenta y tres páginas me ha recordado -y tampoco sé el porqué- al ambiente que describe al principio de El estatus, la novela de Olmos. Conexiones sin sentido, pienso, pero conexiones que se establecen en mi “raciocinio” y que no las voy a acallar).

Hoy he repetido muchas veces esta expresión: “Se daban puñetazos en la frente“. Hoy me he repetido quinientas veces esa expresión porque es la expresión de una imagen que nunca existiría sin la fuerza de palabras: “Todos mendigaban o hacían cola por la comida. Se daban puñetazos en la frente.”

Me resulta bellísima, como el primer fragmento que coloco al comienzo del post.

Y solo cuarenta y tres páginas y un tren narrativo a toda máquina. En solo cuarenta y tres páginas…

Qué delicia. 

2 Replies to “Se daban puñetazos en la frente”

  1. Vale, me has convencido. Pinta bien, es verdad. Y además me has recordado que tengo por leer “La pata del escarabajo” también de Hawkes. Empiezo a buscarlos y a leerlos y todo eso.

    Saludos,

    Me gusta

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