Morir como perros en Muertes de perro, de Ayala

Leo en un libro de COU, de Anaya, de Vicente Tusón y Fernando Lázaro, del 82, Printed in Spain que  la prosa de Ayala es de una rara perfección. Así es. La prosa en Muertes de perro se podría definir así: prosa de rara perfección.

La bestia humana ruge en este libro escrito en 1958. Ya nadie lee a Ayala. En las playas de Rota no he visto libritos de Cátedra con títulos como Ederra. Cierra bien la puerta, La celosa de sí misma, Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma, Insolación, Tala. Lagar, Eva sin manzana, La guaracha del Mahco Camacho, La vida perra de Juanita Narboni, Hijo de ladrón y así tantos títulos como imagines y te dé la gana.

No, en las playas de Rota se leen libros con títulos tan creativos como: El jardín olvidado, Si tu me dices ven lo dejo todo pero dime ven, El método Dukan ilustrado, El tiempo entre costuras, Juego de tronos, En el país de la nube blanca, La casa de Riverton, ¡Indignaos!, El cuaderno de Maya, El verano de los juguetes muertos, Maldito Karma, No abras los ojos y Sé lo que estás pensando…

Lo escribía en otro post, en el anterior, creo recordar: Rara avis es el bípedo implume que es como Platón se reía del ser humano: “El hombre es un animal implume, bípedo, de uñas anchas“. Qué humor el de Platón, ¿eh? Como el de Homero.

Las entradas que escribo suelen tener un porqué. Con estas letras quería decir y escribir que la prosa de Ayala me ha sorprendido. Suele suceder: sorprende lo que no se conoce. Es cierto. No conocía, no había leído a Ayala. Nunca y, aunque no hay por qué comparar con lo que he leído últimamente, ¡antes se escribía con más precisión! ¿Antes? Bueno, Ayala escribía con minuciosidad y precisión léxica. Me fascina. La precisión léxica la usan los genios de la literatura. Sí, antes; sí, Ayala. Se buscan escritores precisos para rescatar a tanto lector naúfrago entre las listas de los libros más vendidos y seguro que, dependiendo de si las vacaciones han sido de quince o treinta días, leídos.

Ayala no es un ningún liróforo celeste pero en Muertes de perro rezuma demasiada inteligencia, ironía y un uso del vocabulario que abruma. Ayala no se siente un malhadado cuando decide escribir. Ayala escribe escuchando los estertores de la mediocridad.

Orringer, que es quien está al cargo de la edición de Cátedra, define Muertes de perro como la novelación de la progresiva despotenciación de la vida humana en general, y de un mundo en crisis en particular. El tema es tan oportuno para el tiempo entre costuras que recorremos que para qué engañarles. Ayala también escribía en Razón del mundo que el derrumbamiento de cualquier poder libera los instintos destructivos que laten en el fondo del ser humano; toda la contención, todas las renuncias a que obliga la vida civil con la coerción de las formas sociales, estalla entonces transformada en desenfreno. El desenfreno y morir como perros.

Acabo. El libro es denso por cómo decide desarrollar la trama pero las muertes que en él se describen son de ¡de perro! Algunas de chucho. Y ni Goya y sus empalamientos.

Entra en cola de lectura El fondo del vaso, secuela de Muertes de perro. Agosto y Ayala. Con gusto.

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